lunes, 30 de julio de 2007

Cuando descendía de Hopkinton a Boston por la campiña de Nueva Inglaterra



Tres por uno

TONI LASTRA

Me lo contó a primera hora de la mañana un grupo de corredores, colegas de otros tiempos que pasan por mi casa, cuando me encuentro zascandileando por el jardín y poco después, me lo confirmó Josep Fornas, del Club de Muntanya L’Eliana, que pasaba puntual a su cita con la caminata diaria.

La noticia era alarmante. De improviso, una cuadrilla de podadores había efectuado una tala de pinos carrasco (Pinus halepensis) en La Vallesa. Me calcé las zapatillas y en un remedo de carrera me presenté en el lugar de los hechos. ¡Qué desgraciado espectáculo! El bosque de La Vallesa, mas bien un bosquete relicto de pinos carrasco, presentaba unas calvas rectangulares bajo los tendidos de las líneas de alta tensión. Ese camino que, paralelo a la vía del metro, discurre hacia La Cañada, lo considero algo familiar. Allí, durante años, hice mi preparación para los maratones en que competía, y en el apeadero de Entrepinos, la generosidad de un alcalde y la camaradería de unos amigos comunes les llevó a levantar una fuente y una roca con mi nombre, que es punto de referencia para los corredores de la comarca.

Los alcaldes de L’Eliana y Paterna se han manifestado en contra de esta acción. Si hubiera una sanción contra la entidad que la autorizó, aparte de ella yo propondría, como decía Thoreau, que plantaran tres árboles en sustitución de cada uno de los talados y que lo hicieran con sus propias manos y fueran a recitar en los colegios esta hermosa máxima: “Un pueblo sin árboles merecería un cielo sin estrellas”. Thoreau, que fue el primer ecologista de la historia, nació en Concord y fue uno de los integrantes de la escuela transcendentalista. De él decía Henry Miller que era un aristócrata del espíritu, y de la mejor clase de hombres que puede producir una comunidad.

Lean lo que decía en 1854: “Una ciudad se valora tanto por sus habitantes honestos como por los bosques que la rodean. Una ciudad junto a la que crece un bosque primitivo mientras debajo se pudre otro. En tales tierras crecieron Homero, Confucio… Un pueblo que empezase por quemar las cercas y dejar crecer los bosques…”. Cuando estuve en Concord advertí que las casas de campo en Nueva Inglaterra carecían de vallas. Invitados a comer en una de ellas, la dueña me comentaba que no eran necesarias y añadía: “Cortaríamos los arroyos”. Días después, en el maratón, cuando descendía de Hopkinton a Boston por la campiña de Nueva Inglaterra, pude advertirlo. El legado de Thoreau transmitió esta cultura a su gente. Allí nació América.

Fuente lasprovincias.es


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